domingo, 22 de marzo de 2009

El final del horizonte, allá donde nacen las estrellas

Me subo a las estrellas...



ºº Llueva o nieve. Granice o truene. No me importa ya. Aunque arrecie una tormenta. Me veo en el reflejo de la ventana, y más allá, sólo la noche. La madrugada parecía mirarme desde el cinturón de Orión, que me guiñaba parpadeando sus estrellas. Quise creerme que ese cachito de cielo era mío, que era el único que miraba las estrellas y el único que les prestaba algo de atención. Quería, que por lo menos durante un segundo, Orión fuera mío.
¿ Qué sería del cielo si a cada persona le correspondiera una estrella ? ¿ Qué sería del universo si todos coleccionáramos constelaciones ? Pues que no quedaría ni una en el cielo. Que no habría ni una estrella fugaz para pedir deseos. Que la luna gobernaría el cielo nocturno, y que habría ganado la batalla. Todas las noches serían de plata y marfil. Ya no quedarían historias de amor, ni inspiraciones de madrugada. Si no quedan estrellas en el cielo, ¿ quién sería el testigo de tus besos ? Si no hay estrellas en el cielo, ¿ adónde mirarías para elegir tus sueños ? ºº


Hay algo en el aire. Llego a casa, y te dejo caer enima de la cama. Ya te guardaré más tarde en el armario.
Que no se me atraganta tu nombre. Ya no necesito soñarte, y he dejado de mirar al cielo en busca de estrellas fugaces. Esos dragones que volaban más allá del cielo se perdieron con el amanecer.